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No hace falta saberse todas las reglas para disfrutar de una buena partida
Hay algo que puede ocurrir cuando descubrimos un juego de mesa nuevo: abrimos la caja, sacamos todos sus componentes, desplegamos el tablero y, al encontrarnos con un manual de varias páginas, empezamos a preguntarnos dónde nos hemos metido.
Acciones, fases, turnos, excepciones, símbolos, efectos… De repente, lo que parecía una tarde divertida empieza a parecerse más a un examen que a un rato de ocio.
Y es curioso, porque precisamente hemos abierto esa caja buscando todo lo contrario: disfrutar, compartir un rato con otras personas y vivir una pequeña aventura alrededor de una mesa.
Pero ¿y si nos estuviéramos preocupando demasiado por aprenderlo todo antes de empezar?
El miedo a equivocarse
Creo que uno de los pequeños obstáculos que encontramos al descubrir juegos nuevos es pensar que tenemos que dominar todas sus reglas antes de poder disfrutar de ellos.
Queremos hacerlo bien desde el primer momento. No queremos cometer errores, olvidarnos de una habilidad o interpretar mal una acción. Y, cuando alguien nos pregunta si podemos repetir cómo funcionaba aquella regla que acabamos de explicar hace cinco minutos, nos damos cuenta de que quizá tampoco nosotros la tenemos tan clara.
Es algo completamente normal.
Algunos juegos son muy intuitivos y en unos minutos estamos jugando. Otros requieren algo más de paciencia, especialmente cuando tienen muchas posibilidades, diferentes tipos de acciones o sistemas que interactúan entre sí.
Pero aprender a jugar también forma parte de la experiencia. No tenemos por qué convertir la primera partida en una demostración de conocimientos.
Al fin y al cabo, estamos jugando, no examinándonos.
La primera partida es para descubrir
Hay una diferencia importante entre conocer las reglas y saber jugar.
Podemos leer un manual varias veces, memorizar los efectos de las cartas y comprender perfectamente cómo funciona cada fase. Sin embargo, hasta que no empezamos a jugar, muchas de esas cosas siguen siendo conceptos sobre el papel.
Es durante la partida cuando empezamos a relacionarlo todo.
Descubrimos por qué una determinada acción puede ser interesante, entendemos cómo se combinan ciertas habilidades y empezamos a encontrar posibilidades que no habíamos imaginado mientras leíamos las instrucciones.
Por eso me gusta pensar que la primera partida es, en cierto modo, una partida de descubrimiento.
No pasa nada si tenemos que consultar el manual varias veces. Tampoco si nos damos cuenta de que hemos aplicado mal alguna regla y tenemos que corregirla. Lo importante es ir comprendiendo el funcionamiento del juego y encontrar nuestro propio ritmo.
Incluso podemos permitirnos jugar una primera partida sin demasiadas preocupaciones por ganar o perder. Así podemos centrarnos en descubrir sus posibilidades y disfrutar del camino.
Algunos pequeños trucos para no agobiarse
Si tenemos delante un juego que no conocemos, hay algunas cosas que pueden ayudarnos a que ese primer contacto sea mucho más agradable.
1. No intentemos memorizar todo el manual, ni apliquemos todas las reglas de inicio.
Primero conviene entender el objetivo del juego, cómo se desarrolla un turno y qué necesitamos hacer para conseguir nuestros objetivos. Los detalles y las excepciones podemos consultarlos cuando aparezcan. Al principio en las primeras partidas no es necesario aplicar todas las reglas. Se puede ir poco a poco metiendo reglas, por ejemplo no usar la magia o reglas más avanzadas en las primeras partidas, y luego ir añadiendo reglas a medida que se adquiere más experiencia de juego. Menos es más, al inicio es positivo simplificar las reglas.
2. Preparemos la partida antes de empezar.
Una buena organización de los componentes, las cartas y el tablero nos ahorrará interrupciones. Si el propio juego incluye una guía de preparación, merece la pena seguirla.
3. Consultemos las dudas cuando surjan.
No hace falta detenerse a estudiar todas las posibilidades antes de jugar. Si aparece una situación que no sabemos resolver, buscamos la regla correspondiente y continuamos.
4. Juguemos sin miedo a cometer errores.
Especialmente durante las primeras partidas, es fácil olvidar algún efecto o aplicar incorrectamente una habilidad. Lo importante es aprender de ello y seguir disfrutando.
5. Demos una oportunidad a la segunda partida.
A veces, la primera partida sirve principalmente para entender cómo funciona todo. En la segunda ya conocemos los mecanismos básicos, recordamos mejor las reglas y empezamos a disfrutar de las decisiones que nos plantea el juego.
Es bastante habitual descubrir que un juego que inicialmente parecía complicado resulta mucho más sencillo y divertido cuando ya conocemos su funcionamiento.
Aprender juntos también es parte de la diversión
Si jugamos acompañados, aprender un juego puede convertirse en una experiencia compartida.
No es necesario que una persona se convierta en experta antes de sentarse a la mesa para explicar todas las reglas al resto. Podemos descubrirlo entre todos, consultar las dudas y ayudarnos cuando alguien se pierde entre tantos componentes.
De hecho, hay algo especialmente divertido en esos momentos en los que todos estamos intentando entender una mecánica nueva, alguien descubre una combinación interesante y el resto empieza a darse cuenta de las posibilidades que ofrece.
Y esto no ocurre únicamente con los juegos de mesa.
En los juegos de rol, por ejemplo, aprender las reglas es importante para comprender cómo funciona el sistema, pero no debería convertirse en un obstáculo para disfrutar de la historia. Lo mismo sucede con los librojuegos, donde poco a poco descubrimos cómo funcionan las decisiones, las características de nuestro personaje y las consecuencias de nuestros actos.
Cada formato tiene sus particularidades, pero todos comparten algo: la experiencia mejora cuando dejamos de preocuparnos tanto por hacerlo todo perfectamente y empezamos a disfrutar de lo que tenemos delante.
No todos los juegos se aprenden de la misma manera
También conviene recordar que no existe una única forma de acercarse a un juego.
Hay personas que disfrutan leyendo el manual de principio a fin antes de empezar. Otras prefieren que alguien les explique lo esencial y descubrir el resto jugando. Algunas necesitan ver ejemplos prácticos, mientras que otras aprenden mucho mejor cuando pueden experimentar directamente con los componentes.
Ninguna de estas formas es mejor que las demás.
Lo importante es encontrar aquella que nos permita disfrutar del proceso sin sentir que tenemos que superar una barrera antes de empezar.
Y si un juego nos parece demasiado complicado en un primer momento, quizá simplemente necesitemos un poco más de tiempo. O tal vez no sea el tipo de experiencia que estamos buscando en ese momento. Tampoco pasa nada.
Hay tantos mundos por descubrir que siempre podemos encontrar una aventura que encaje mejor con nosotros.
Lo importante sucede alrededor de la mesa
A veces nos olvidamos de que los juegos están hechos para disfrutarlos.
Nos preocupamos por las reglas, por las estrategias, por encontrar la mejor jugada o por conseguir la victoria. Y todo eso puede formar parte de la diversión, por supuesto. Pero no debería hacernos perder de vista lo verdaderamente importante.
Una partida también es una excusa para compartir tiempo, descubrir algo nuevo, reírnos de nuestros propios errores y crear recuerdos.
Quizá dentro de unos días no recordemos aquella regla que tuvimos que consultar tres veces, pero sí nos acordaremos de aquella jugada inesperada, de la decisión que cambió el rumbo de la partida o de las risas que nos echamos cuando todo salió justo al revés de lo que esperábamos.
Así que la próxima vez que tengáis un juego nuevo delante, no os preocupéis demasiado por saberlo todo antes de empezar.
Abrid la caja, preparad la mesa y dejaos llevar.
Las reglas nos enseñan cómo jugar, pero son nuestras decisiones y las experiencias que compartimos las que hacen que cada partida sea una aventura diferente.
Porque, al final, no se trata de jugar perfectamente, sino de disfrutar del camino.

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